Lucía volvió a levantarse después de aquella noche horrible, Magda no había dejado de gemir y ella no había podido dormir. Se duchó, vistió y salió a la calle; mientras salía Magda le preguntó algo, pero no sabría decir qué. Al salir fue sin rumbo dejando que los sonidos de su alrededor la guiaran por el entramado de calles, sin querer escuchar nada ni a nadie pero atenta a lo que sucedía. Se encontró sola, perdida, tal vez vacía y no podía hacer nada, estaba paralizada en medio de una calle, con gente zarandeándola a su paso; quería gritar y no podía; impotencia.
Las lágrimas caían por sus mejillas y, sin embargo, nadie podía verlas, tal vez tampoco la vieran a ella. Comenzó a llover y la gente se dispersó pero ahí, inmóvil, siguió llorando. No sabría concretar el tiempo que pasó allí de pie, como una estatua callejera bajo el manto de lluvia; seguramente sintiera que por fin alguien la veía, la más grande de las grandes, el más azul de los azules lloraba junto a ella; empatía.
Volvió a salir el sol pero ella no se fue, rotó para que el sol pudiera secar una cara, de repente, cuarteada por el paso del tiempo. Envejeció en tan sólo dos horas lo que el resto de los mortales tardamos cuarenta años; se palpó y se miró las manos, no se sorprendió al ver que era una señora; vejez.
Se acercó un hombre y le preguntó:
- ¿Quiere que la ayude? Parece desorientada.
- No, muchas gracias. - Su voz se había tornado temblorosa, se dio cuenta entonces de que su ropa no coincidía con su edad, levantó la cabeza para ver al hombre que le hablaba, no le había parecido joven, allí vio al Señor Arturo; incredulidad.
No sabría decir si el Sr. Arturo reconoció a Lucía o no, pero la ayudó a sentarse en un banco próximo; al sentarse se cayó una libreta y el caballero la recogió, fue entonces cuando asumió lo que tenía delante, Lucía había envejecido, tal vez tendría su edad, él si se sorprendió y empezó a preguntar sin dejar lugar a la contestación; curiosidad.
- Te quiero - dijo Lucia - desde que te conozco te he querido por dentro, me da igual lo que los demás digan o piensen, yo te quiero a ti. AMOR
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miércoles, 29 de febrero de 2012
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Y allí estaba ella, sentada con su libreta enfrente del río que matizaba todas las luces que lo bordeaban, escribiendo en su libreta después de haber discutido con Magda, aquella pseudohermana con la que llevaba conviviendo tanto tiempo. Siempre que se peleaban era por los chicos, Magda la tomaba por una fresca mientras que Lucía pensaba de ella que era una puritana, estaban hartas la una de la otra pero no sabían vivir separadas, lo habían intentado cuando ambas tenían trabajo pero no supieron hacerlo. Estaba abstraída relatando las dificultades, siempre le ayudaba escribir, era como hablar consigo misma, lo cual era cómodo porque siempre podía romperlo y tirarlo en cualquier sitio.
En algún momento decidió moverse, se le estaban empezando a enfriar los pies, pero no quería ir a casa, estaría Magda y era una histérica de primera, siempre que discutían gritaban como posesas y, además, ella le había advertido que hoy cenaría con Antonio, su novio desde que tenían uso de razón, así que le tocaba alejarse del piso hasta, como mínimo, las doce. Hace muchos años que habían hecho un pacto, cada una tenía derecho a una noche de intimidad a la semana, desde las ocho hasta la medianoche, dando igual si iba a estar acompañada o si no, y esta noche era de Magda. Maldita sea, y con el frío que hace, pensó. Así que se propuso dar un paseo para ver si conseguía que la sangre y la temperatura volviera a sus dedos, después de casi acabar el paseo del río, fatigada vio un banco y pensó en sentarse, volvió a escribir.
- Buenas noches Lucía, siempre con tu libreta, siempre con tu música, supongo que no te acuerdas de mi.
- ¿eh? ¿Perdón? – dijo ella mientras se giraba quitándose los cascos
- Que siempre que te veo estás acompañada de una libreta y tu música, ¿Puedo sentarme? – preguntó esperanzado.
- Por supuesto Sr. Arturo, no seré yo quién le niegue el asiento a una persona como usted.
- Jajaja, me sigue pareciendo curioso que me trates de usted, si me permites, yo te trataré de tú. – dijo sin acritud.
- Por supuesto, yo lo siento pero a una persona con sus vivencias no puedo tratarla de tu, me parecería, incluso, irrespetuoso. – azorada como estaba, Lucía todavía recordaba la historia del señor Arturo, un hombre que emigró a Rusia escapando del fascismo y volvió desencantado del comunismo, un hombre cansado de vivir, le recordaba a alguien, pero creía que el caballero que se hallaba sentado a su lado tenía mucho más derecho a estar cansado de vivir que todos aquellos que lo predicaban a los cuatro vientos.
- Eres demasiado correcta para con todo lo que te rodea o soy objeto de un trato especial, todavía me lo pregunto, aunque, si no te importa, quiero pensar que es lo segundo, hace que me sienta más importante.
- Hace tiempo que no le veía, ¿ha dejado de acudir a las asambleas por algo en particular?
- Estoy cansado y, para lo que me queda aquí, no creo que deba ser yo quién luche por vosotros, no me malinterpretes, pero yo estoy mayor como para andar pasando frío en las plazas.
- Si es por el frío, lo entiendo, si es por cansancio, me enfadaría bastante con usted; no buscamos su apoyo físico en la lucha; creo, sinceramente, que lo que usted hace por nosotros es crear valores, sus historias personales pueden corregir errores que todavía no hemos cometido. – Volvía a tener frío y le estaba empezando a temblar la voz.
- Hace frío, ¿verdad? – Sabía perfectamente que Lucía estaba empezando a estar helada y comenzó a levantarse; ella, por supuesto, le ayudó en tal encomienda. – es mejor que nos vayamos a casa, esta conversación puede continuar una tarde de sol.
- ¿Le importa que le acompañe?
- ¿Por qué habría una chica como tú querer acompañar a un viejo como yo?
- Mi compañera de piso es dueña y señora de la casa hasta medianoche y no se me ocurre una mejor manera de pasar los minutos que acompañándole a su casa, me sentiría bien, aunque si tiene algún inconveniente, simplemente, dígalo, no me va a parecer, ni mucho menos, mal.
- Jajaja, no seré yo el hombre que rechace tu compañía, joven dama.
Pasearon en silencio aquel breve camino y, aunque ella no sabía a dónde se dirigían, tampoco prestó ningún tipo de atención al camino que estaban recorriendo; llegaron en poco más de veinte minutos, una vez en la puerta la despedida fue sencilla:
- Buenas noches, señorita, muchas gracias por la compañía, aunque sigo opinando que deberías invertir tu tiempo con alguien más joven que yo.
- Me gusta compartir mi tiempo con gente interesante y usted lo es, lo sabe; buenas noches.
Allí se separaron, ella tenía un largo camino hasta casa y ya eran las once y cuarto así que pensó que podría ir yendo, tranquilamente; se puso los cascos de nuevo y comenzó a andar. Pasaron muchas ideas por su cabeza aunque no era capaz de concretar ni fijar ninguna; no le apetecía llegar a casa y ver a Magda, pero en la calle hacía mucho frío así que se metió en la primera cafetería que encontró y pidió un té, cualquiera, como siempre. – Lucía era muy estricta con su café, pero con el té era más laxa.
Llegadas las doce y media el camarero comenzó a echar el cierre, ella se levantó, pagó y se fue.
Timbró antes de subir, por si acaso, como siempre. Nadie cogió, lo cual no sabía si era que no estaban y podía subir o si, por el contrario, estaban en plena faena y no iban a interrumpirse porque ella llegara. Subió de todos modos, la luz estaba apagada y eran más de las doce; no había nadie, lo agradeció enormemente, así que se fue a dormir directamente.
7:30. Sonó el despertador y comenzó su rutina, ducha, mochila y en marcha mientras Magda rezongaba en su cama, Lu no tenía ni idea de cuándo había llegado, de hecho se sorprendió porque no sabía ni que hubiese llegado. Después de todo lo obligatorio y habiendo terminado de comer decidió darse un paseo, la vida sedentaria estaba acabando con su envidiable figura y eso no podía ser; decidió acompañar el curso del río, tranquilamente.
Tanto andar la llevó, de nuevo, al portal del Sr. Arturo, en él había una ambulancia, Lucía se preocupó y se acercó al círculo de curiosos que había alrededor de todo aquello, estaban sacando en camilla a un señor mayor, sí, era Arturo; Lucía comenzó a llorar mientras que los sanitarios preguntaban a los vecinos por su familia; todos coincidieron en que no tenía a nadie, ella estaba cada vez más desesperada, preguntó a qué hospital le llevaban y el conductor de la ambulancia preguntó si le conocía ella respondió que un poco y él se ofreció a que les acompañara, una vez en el hospital…
En algún momento decidió moverse, se le estaban empezando a enfriar los pies, pero no quería ir a casa, estaría Magda y era una histérica de primera, siempre que discutían gritaban como posesas y, además, ella le había advertido que hoy cenaría con Antonio, su novio desde que tenían uso de razón, así que le tocaba alejarse del piso hasta, como mínimo, las doce. Hace muchos años que habían hecho un pacto, cada una tenía derecho a una noche de intimidad a la semana, desde las ocho hasta la medianoche, dando igual si iba a estar acompañada o si no, y esta noche era de Magda. Maldita sea, y con el frío que hace, pensó. Así que se propuso dar un paseo para ver si conseguía que la sangre y la temperatura volviera a sus dedos, después de casi acabar el paseo del río, fatigada vio un banco y pensó en sentarse, volvió a escribir.
- Buenas noches Lucía, siempre con tu libreta, siempre con tu música, supongo que no te acuerdas de mi.
- ¿eh? ¿Perdón? – dijo ella mientras se giraba quitándose los cascos
- Que siempre que te veo estás acompañada de una libreta y tu música, ¿Puedo sentarme? – preguntó esperanzado.
- Por supuesto Sr. Arturo, no seré yo quién le niegue el asiento a una persona como usted.
- Jajaja, me sigue pareciendo curioso que me trates de usted, si me permites, yo te trataré de tú. – dijo sin acritud.
- Por supuesto, yo lo siento pero a una persona con sus vivencias no puedo tratarla de tu, me parecería, incluso, irrespetuoso. – azorada como estaba, Lucía todavía recordaba la historia del señor Arturo, un hombre que emigró a Rusia escapando del fascismo y volvió desencantado del comunismo, un hombre cansado de vivir, le recordaba a alguien, pero creía que el caballero que se hallaba sentado a su lado tenía mucho más derecho a estar cansado de vivir que todos aquellos que lo predicaban a los cuatro vientos.
- Eres demasiado correcta para con todo lo que te rodea o soy objeto de un trato especial, todavía me lo pregunto, aunque, si no te importa, quiero pensar que es lo segundo, hace que me sienta más importante.
- Hace tiempo que no le veía, ¿ha dejado de acudir a las asambleas por algo en particular?
- Estoy cansado y, para lo que me queda aquí, no creo que deba ser yo quién luche por vosotros, no me malinterpretes, pero yo estoy mayor como para andar pasando frío en las plazas.
- Si es por el frío, lo entiendo, si es por cansancio, me enfadaría bastante con usted; no buscamos su apoyo físico en la lucha; creo, sinceramente, que lo que usted hace por nosotros es crear valores, sus historias personales pueden corregir errores que todavía no hemos cometido. – Volvía a tener frío y le estaba empezando a temblar la voz.
- Hace frío, ¿verdad? – Sabía perfectamente que Lucía estaba empezando a estar helada y comenzó a levantarse; ella, por supuesto, le ayudó en tal encomienda. – es mejor que nos vayamos a casa, esta conversación puede continuar una tarde de sol.
- ¿Le importa que le acompañe?
- ¿Por qué habría una chica como tú querer acompañar a un viejo como yo?
- Mi compañera de piso es dueña y señora de la casa hasta medianoche y no se me ocurre una mejor manera de pasar los minutos que acompañándole a su casa, me sentiría bien, aunque si tiene algún inconveniente, simplemente, dígalo, no me va a parecer, ni mucho menos, mal.
- Jajaja, no seré yo el hombre que rechace tu compañía, joven dama.
Pasearon en silencio aquel breve camino y, aunque ella no sabía a dónde se dirigían, tampoco prestó ningún tipo de atención al camino que estaban recorriendo; llegaron en poco más de veinte minutos, una vez en la puerta la despedida fue sencilla:
- Buenas noches, señorita, muchas gracias por la compañía, aunque sigo opinando que deberías invertir tu tiempo con alguien más joven que yo.
- Me gusta compartir mi tiempo con gente interesante y usted lo es, lo sabe; buenas noches.
Allí se separaron, ella tenía un largo camino hasta casa y ya eran las once y cuarto así que pensó que podría ir yendo, tranquilamente; se puso los cascos de nuevo y comenzó a andar. Pasaron muchas ideas por su cabeza aunque no era capaz de concretar ni fijar ninguna; no le apetecía llegar a casa y ver a Magda, pero en la calle hacía mucho frío así que se metió en la primera cafetería que encontró y pidió un té, cualquiera, como siempre. – Lucía era muy estricta con su café, pero con el té era más laxa.
Llegadas las doce y media el camarero comenzó a echar el cierre, ella se levantó, pagó y se fue.
Timbró antes de subir, por si acaso, como siempre. Nadie cogió, lo cual no sabía si era que no estaban y podía subir o si, por el contrario, estaban en plena faena y no iban a interrumpirse porque ella llegara. Subió de todos modos, la luz estaba apagada y eran más de las doce; no había nadie, lo agradeció enormemente, así que se fue a dormir directamente.
7:30. Sonó el despertador y comenzó su rutina, ducha, mochila y en marcha mientras Magda rezongaba en su cama, Lu no tenía ni idea de cuándo había llegado, de hecho se sorprendió porque no sabía ni que hubiese llegado. Después de todo lo obligatorio y habiendo terminado de comer decidió darse un paseo, la vida sedentaria estaba acabando con su envidiable figura y eso no podía ser; decidió acompañar el curso del río, tranquilamente.
Tanto andar la llevó, de nuevo, al portal del Sr. Arturo, en él había una ambulancia, Lucía se preocupó y se acercó al círculo de curiosos que había alrededor de todo aquello, estaban sacando en camilla a un señor mayor, sí, era Arturo; Lucía comenzó a llorar mientras que los sanitarios preguntaban a los vecinos por su familia; todos coincidieron en que no tenía a nadie, ella estaba cada vez más desesperada, preguntó a qué hospital le llevaban y el conductor de la ambulancia preguntó si le conocía ella respondió que un poco y él se ofreció a que les acompañara, una vez en el hospital…
sábado, 16 de octubre de 2010
El tétrico
Cuando aquella niña de grandes mofletes y pequeños ojos vidriosos nació; todo el mundo pudo comprender que sería una vida cargada de lamentos, llena de lágrimas para poder paliar el dolor inherente a su alma. Estaba predestinada al sufrimiento y para ello la educaron. Siempre la habían prevenido contra todas las desdichas que pudieran sucederle, pérdidas irreparables, caídas a un vacío convulso y añejo, imágenes inenarrables, etc.
No nos dejemos engañar, no fue una infancia traumática ni mucho menos, mas bien todo lo contrario; sus padres la adoraban como sólo ellos consiguen querer. La instaron a la lectura como fuente de conocimiento y remanso de paz; tuvo la oportunidad de conocer, gracias a ellos lugares de incomparable belleza natural; le enseñaron a admirar las obras de arte cotidianas y también las extraordinariamente vanaglorizadas por el paso de los tiempos, dejando siempre muy clara la soledad de su alma; todo aquello que la hacía dichosa podría lograrlo sola. Sería la felicidad autosuficiente.
Lucía creció y muy pronto se resignó, nadie lograba comprenderla porque ella no se dejaba desencriptar; luchaba diariamente porque los infelices dejaran de serlo si tal poder estaba de su mano, ofrecía su ayuda desinteresadamente a cualquiera que la pudiera necesitar sin importar su grado de implicación en ninguna de las relaciones sociales preestablecidas; pero se cansó, sabía que no podía optar a más que un etéreo espejismo de felicidad y no le pareció coherente. Era plenamente consciente de que los seres por los que se dejaba rodear eran puros, más o menos sinceros y, sobre todo, “necesitados”; le encantaba escuchar, aunque ella hablase por los codos sin decir nada.
Supuso que la primera pérdida importante sería la de aquella persona que la llevaba advirtiendo que aquello pasaría en parte como amenaza velada y también como aviso para crear una coraza alrededor del corazón; esa armadura fue mutando con el paso de los años, a medida que le iban haciendo daño ella iba endureciendo esa capa hasta que llegó al punto de no retorno. Nunca podría volver a amar, aquella cobertura se había solidificado justamente en el momento que su corazón se hallaba más pequeño, encogido por miles de dudas y penas que la asaltaban. Y así se quedó, con un corazón minúsculo, pero con un alma muy grande encerrada en un cuerpo cansado de vivir.
Decidió que haría un viaje para poder alcanzar la tranquilidad suprema, aquella donde no te molestan las arrogancias ni las mentiras, aquella donde, da igual lo que hagas, nadie va a tratar de juzgarte pues ya no habrá quien pueda hacerlo, aquella que no tiene vuelta atrás pero que consigue que, quien la recibe, desborde una exultante felicidad, sólo entonces su corazón podría expandirse, en el momento definitivo, podría amar y ser amada.
Aquel viaje sin vuelta la llevó al primer paraje natural del cual tenía recuerdos propios (las fotografías realizadas a lo largo de su vida no podían contar como opción, pues no pueden transmitir sensaciones, sino que nos transportan a lo vivido en la toma de aquella instantánea y por eso sólo tienen sentido para quien participa en ellas). Una capilla perdida, abandonada mucho tiempo atrás hasta por los miembros del clero; no la recordaba tan humilde, tan decrépita, tan vulnerable; forzó mínimamente la puerta para acceder a un interior desolado, el vacío lo ocupaba todo; sólo se podía observar detrás de lo que se suponía como un altar, una piedra tallada; un mensaje.
La inscripción rezaba así: “Y aquellos que nos temen lucharán porque no lleguemos a nuestra meta, aquellos que nos quieren forjarán a base de dolor nuestras almas impías, aquellos que nos odian imprimirán su ira en nuestros rostros porque, al fin, siempre somos parte de aquello que nos rodea”.
Sorprendentemente el alma de aquella muchacha estaba más que excomulgada (según los dictámenes de la Iglesia Católica) pese a que su rostro no emanaba furia, se le veía más que sana y, como comienzo, había llegado hasta aquí; una meta sencilla, sin duda; pero lugar de llegada al fin y al cabo. Habían pasado muchos años desde la última vez que se percató de aquel delicioso paisaje y, sin embargo, lo recordaba, con el sol hundiéndose tras las montañas, aquel pantano que brillaba como si se hubiese servido de un manto de oro, la brisa fresca, otoñal, acariciando las copas de los árboles, el graznido de las aves que sobrevolaban el lugar, etc.
Tal vez Lucía sólo estuviera exagerando, seguramente todo aquello tendría mucha más lógica de la que ella le encontraba, es probable que se sintiera confusa e invencible a la vez; largo había sido el camino hasta aquel paraje, dificultosas etapas de una vida enrevesada, complicada por aquellos que en algún momento la rodearon, sólo ahora podía hacer el balance. Siempre se había creído con más suerte de la habitual para lo económico y más desdichada en el ámbito personal pero hacía muchos años que había llegado a la conclusión de que era por simple justicia; no podía pedirlo todo.
Asomada a aquel balcón natural, recapituló, recodordó la inscripción; estaba de acuerdo con lo que allí se plasmaba y encontró una solución; si nadie tuviera miedo de ella, no tendría dificultades para encontrar y acabar su camino; si consiguiera que nadie la quisiese no sufriría jamás sus pérdidas; y, si nadie la hubiese odiado no hubiera tenido nunca, cara de malas pulgas. Quería quedarse allí; en su ladera de la montaña; porque es, donde nadie nos rodea, cuando conseguimos ser nosotros mismos.
Poco tiempo después, cuando descubrió que jamás conseguiría estar sola; que realmente había alguna gente a la que su vida le importaba decidió que no podría llegar a su meta; no lograría que la oscuridad por fin la invadiese, que todo aquello terminara de la forma más rápida e indolora posible. No podría hacerle eso a la gente que la rodeaba, no podía hundir así a su familia, no quería provocar más lágrimas de las que ella misma había podido emanar a lo largo de su corta vida, pero tampoco conseguiría vivir; en ese momento su alma decidió que si que podía; mientras hubiese un cuerpo al que referirse y éste estuviera caliente y “vivo” podría huir de todo lo que la rodeaba; conseguiría dejar de sufrir, dejar de mentir, al fin, alcanzaría su meta. La muerte.
No nos dejemos engañar, no fue una infancia traumática ni mucho menos, mas bien todo lo contrario; sus padres la adoraban como sólo ellos consiguen querer. La instaron a la lectura como fuente de conocimiento y remanso de paz; tuvo la oportunidad de conocer, gracias a ellos lugares de incomparable belleza natural; le enseñaron a admirar las obras de arte cotidianas y también las extraordinariamente vanaglorizadas por el paso de los tiempos, dejando siempre muy clara la soledad de su alma; todo aquello que la hacía dichosa podría lograrlo sola. Sería la felicidad autosuficiente.
Lucía creció y muy pronto se resignó, nadie lograba comprenderla porque ella no se dejaba desencriptar; luchaba diariamente porque los infelices dejaran de serlo si tal poder estaba de su mano, ofrecía su ayuda desinteresadamente a cualquiera que la pudiera necesitar sin importar su grado de implicación en ninguna de las relaciones sociales preestablecidas; pero se cansó, sabía que no podía optar a más que un etéreo espejismo de felicidad y no le pareció coherente. Era plenamente consciente de que los seres por los que se dejaba rodear eran puros, más o menos sinceros y, sobre todo, “necesitados”; le encantaba escuchar, aunque ella hablase por los codos sin decir nada.
Supuso que la primera pérdida importante sería la de aquella persona que la llevaba advirtiendo que aquello pasaría en parte como amenaza velada y también como aviso para crear una coraza alrededor del corazón; esa armadura fue mutando con el paso de los años, a medida que le iban haciendo daño ella iba endureciendo esa capa hasta que llegó al punto de no retorno. Nunca podría volver a amar, aquella cobertura se había solidificado justamente en el momento que su corazón se hallaba más pequeño, encogido por miles de dudas y penas que la asaltaban. Y así se quedó, con un corazón minúsculo, pero con un alma muy grande encerrada en un cuerpo cansado de vivir.
Decidió que haría un viaje para poder alcanzar la tranquilidad suprema, aquella donde no te molestan las arrogancias ni las mentiras, aquella donde, da igual lo que hagas, nadie va a tratar de juzgarte pues ya no habrá quien pueda hacerlo, aquella que no tiene vuelta atrás pero que consigue que, quien la recibe, desborde una exultante felicidad, sólo entonces su corazón podría expandirse, en el momento definitivo, podría amar y ser amada.
Aquel viaje sin vuelta la llevó al primer paraje natural del cual tenía recuerdos propios (las fotografías realizadas a lo largo de su vida no podían contar como opción, pues no pueden transmitir sensaciones, sino que nos transportan a lo vivido en la toma de aquella instantánea y por eso sólo tienen sentido para quien participa en ellas). Una capilla perdida, abandonada mucho tiempo atrás hasta por los miembros del clero; no la recordaba tan humilde, tan decrépita, tan vulnerable; forzó mínimamente la puerta para acceder a un interior desolado, el vacío lo ocupaba todo; sólo se podía observar detrás de lo que se suponía como un altar, una piedra tallada; un mensaje.
La inscripción rezaba así: “Y aquellos que nos temen lucharán porque no lleguemos a nuestra meta, aquellos que nos quieren forjarán a base de dolor nuestras almas impías, aquellos que nos odian imprimirán su ira en nuestros rostros porque, al fin, siempre somos parte de aquello que nos rodea”.
Sorprendentemente el alma de aquella muchacha estaba más que excomulgada (según los dictámenes de la Iglesia Católica) pese a que su rostro no emanaba furia, se le veía más que sana y, como comienzo, había llegado hasta aquí; una meta sencilla, sin duda; pero lugar de llegada al fin y al cabo. Habían pasado muchos años desde la última vez que se percató de aquel delicioso paisaje y, sin embargo, lo recordaba, con el sol hundiéndose tras las montañas, aquel pantano que brillaba como si se hubiese servido de un manto de oro, la brisa fresca, otoñal, acariciando las copas de los árboles, el graznido de las aves que sobrevolaban el lugar, etc.
Tal vez Lucía sólo estuviera exagerando, seguramente todo aquello tendría mucha más lógica de la que ella le encontraba, es probable que se sintiera confusa e invencible a la vez; largo había sido el camino hasta aquel paraje, dificultosas etapas de una vida enrevesada, complicada por aquellos que en algún momento la rodearon, sólo ahora podía hacer el balance. Siempre se había creído con más suerte de la habitual para lo económico y más desdichada en el ámbito personal pero hacía muchos años que había llegado a la conclusión de que era por simple justicia; no podía pedirlo todo.
Asomada a aquel balcón natural, recapituló, recodordó la inscripción; estaba de acuerdo con lo que allí se plasmaba y encontró una solución; si nadie tuviera miedo de ella, no tendría dificultades para encontrar y acabar su camino; si consiguiera que nadie la quisiese no sufriría jamás sus pérdidas; y, si nadie la hubiese odiado no hubiera tenido nunca, cara de malas pulgas. Quería quedarse allí; en su ladera de la montaña; porque es, donde nadie nos rodea, cuando conseguimos ser nosotros mismos.
Poco tiempo después, cuando descubrió que jamás conseguiría estar sola; que realmente había alguna gente a la que su vida le importaba decidió que no podría llegar a su meta; no lograría que la oscuridad por fin la invadiese, que todo aquello terminara de la forma más rápida e indolora posible. No podría hacerle eso a la gente que la rodeaba, no podía hundir así a su familia, no quería provocar más lágrimas de las que ella misma había podido emanar a lo largo de su corta vida, pero tampoco conseguiría vivir; en ese momento su alma decidió que si que podía; mientras hubiese un cuerpo al que referirse y éste estuviera caliente y “vivo” podría huir de todo lo que la rodeaba; conseguiría dejar de sufrir, dejar de mentir, al fin, alcanzaría su meta. La muerte.
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